La sociedad nacional y local está cada vez más polarizada. Las miradas entre gobierno y comunidades mapuche están siendo cada vez más antagónicas. Lo mismo va pasando en la sociedad local. Hay una desconfianza creciente no solo en las instituciones, sino también entre personas, grupos y comunidades. Pareciera que cada vez más la solución pasa por hacer triunfar a cualquier costo la propia mirada. Nos vamos volviendo desconfiados y eso nos va llevando a que la solución esté en la exclusión del otro diferente. No dejamos que el otro sea parte de la construcción de la misma sociedad plural en la que vivimos. Esta mirada antagónica no construirá camino para una verdadera justicia que cimente la paz. No es cristiano ni tampoco democrático.

Esta realidad de desconfianza y antagonismo. Esta mirada excluyente ha sido lo que sistemáticamente ha hecho el Estado chileno con las comunidades mapuche que a esta altura de la historia son sobrevivientes de una historia de negación y usurpación. Historia que está llena de episodios donde el Estado ha decidido que este pueblo no exista. Nuestro sistema político no acepta el legítimo derecho del Pueblo Mapuche a vivir como tal, es decir, autodeterminado según su cultura en su territorio propio. A los que detentan el poder -ya sea político o económicos…y hasta religioso- no les gusta. Pero también es cierto que la idea del enemigo interno ha permeado entre nosotros, nuestras organizaciones e instituciones. Nos ha hecho mirarnos con desconfianza. Creemos que quien es diferente nos quiere perjudicar. Y nos vamos encerrando en pequeños grupos homogéneos, creyendo que todos deben ser como uno; que todos deben hacer las cosas como uno; y que la verdad nos pertenece. Lo digo con temor y temblor, pues los católicos también tenemos un tejado de vidrio institucional histórico, pero la cercanía con las víctimas de la exclusión me ha ido abriendo a esta verdad.

Durante las últimas semanas hemos sido testigos de un territorio invadido por las fuerzas policiales e incluso militares. Ahora, en plena temporada de cosecha de pinos y eucaliptus, existen campamentos de fuerzas especiales en  medio de los predios forestales resguardando sus faenas. Hemos sido testigos de los medios militares que ocupan: fusiles, escopetas, uzis, drones de vigilancia y un sinnúmero de vehículos blindados y de efectivos. A las demandas mapuche de reconocimiento, el gobierno responde sistemáticamente por vía policial o judicial. Esto mismo ya lo  describíamos el año pasado en una columna titulada “La política de Bush en territorio mapuche”, pero que hoy alcanza incluso mayor magnitud y gravedad. Y la violencia crece. En un escenario de confrontación cada vez más violenta, las soluciones parecen alejarse. El gobierno se niega al diálogo y a toda concesión política y simbólica.

El reciente 9 de marzo el Instituto Nacional de Derechos Humanos ha interpuesto una querella por torturas a mapuche en manos de efectivos del GOPE sucedidas en Puerto Choque durante la mañana del 10 de febrero. Las acusaciones y los relatos de las víctimas son aterradores. Por cierto, los costos psicológicos asumidos por guardias, trabajadores forestales y choferes de camiones tampoco son irrelevantes y los conocemos permanentemente a través de la prensa.

Pero esta radicalización de las distintas partes en disputa no es azarosa ni espontánea. Ya desde la década de los 60 han existido comunidades y organizaciones movilizadas exigiendo la restitución territorial perdida luego de más de un siglo de despojo y miseria.

La historia cuenta que con la contrarreforma agraria de Ponce Lerou prácticamente les regalaron el territorio mapuche a grupos económicos. Luego, con los impuestos de todos los chilenos, les financiaron las plantaciones (vía DL 701) y hoy destinan a nuestras policías a resguardar sus faenas, reprimiendo indiscriminadamente a las comunidades mapuche, incluidos niños, mujeres y ancianos. Si la dinámica y la correlación de poder es la misma que hasta ahora, cuando termine la temporada de cosecha, el conflicto tampoco terminará. Los más probable es que el gobierno continuará negociando la compra de predios con Forestal Arauco (Grupo Angelini) a 1500% de su costo original; mientras seguramente Forestal Mininco (Grupo Matte) continuará con su postura extrema, negándose a dialogar y a negociar como hasta ahora, agudizando el conflicto territorial, argumentando que los mapuche no saben producir la tierra “porque no plantan ni pino ni eucaliptus”. Finalmente, y a través de los medios de comunicación de los grandes consocios económicos, le continuarán exigiendo al gobierno la militarización y represión en el territorio. Si no hay un giro en las voluntades políticas, destinado a tomar medidas que atiendan las raíces históricas y estructurales del conflicto, este círculo vicioso se mantendrá y acelerará, destruyendo a su paso la vida de personas, la naturaleza en la que habitan, y la cultura ancestral que les ha dado identidad.

En las últimas décadas, las comunidades en general, no sólo las más movilizadas políticamente, han conocido en la dura experiencia del conflicto, los límites de la vía institucional y las promesas incumplidas. Esto ha vigorizado su convicción sobre el derecho a decidir por sí mismos en su propio territorio. Al mismo tiempo, han experimentado la necesidad imperiosa de recuperar su territorio para poner atajo al desastre ecológico provocado por la industria forestal. Esto los confronta directamente con el cálculo económico de los grandes grupos económicos (Matte y Angelini entre otros), quienes se aprestan a llevarse las arcas rebosantes de “oro verde” en esta nueva temporada de cosecha.

Desde la perspectiva del Pueblo Mapuche la ecuación es evidente: el gigantesco esfuerzo represivo es respuesta a las presiones de los principales grupos de poder político y económico que tiene enormes intereses en el territorio. El gobierno y las policías actúan hoy como sus guardias privados, que a su vez se legitiman por la construcción mediática de un conflicto que caricaturiza al mapuche como terrorista o delincuente. Esta situación solo podrá cambiar si hay un giro en las voluntades y si se toman medidas políticas que atiendan las raíces históricas y estructurales del conflicto.

Nos han hecho creer a todos que el “enemigo interno” hay que suprimirlo y no han hecho más que apagar el incendio con bencina. Han provocado que los moderados se vuelvan radicales y que la sociedad local y nacional se polarice. Y el resultado de todo esto son numerosas víctimas: pequeños campesinos mapuche y chilenos; trabajadores forestales; niños y niñas de las comunidades; vecinos tiruanos en general. Nada justifica la violencia, venga de donde venga, pero cuando es el Estado el responsable de su aumento, esto es más grave. El Estado es culpable, no solo porque ha respondido con más represión, sino porque no ha tenido la voluntad ni la certeza política para sanar la herida de fondo: el territorio despojado y la negación del Pueblo Mapuche como sujeto colectivo. Digo esto asumiendo de antemano que aún tenemos mucho que reconciliar en nuestras posiciones y descubrir en nosotros mismos que gran parte de esa ideología antagónica se ha colado en nuestras venas. Se nos hace más fácil hablar de amigos y enemigos, que de construcción común de una sociedad plural. Esto requiere mucha fuerza, mucha confianza, mucha espiritualidad y mucha dignidad.

La confianza para la paz que necesitamos en estos tiempos y en este territorio no se logrará a punta de balas, allanamientos, escopetas, fusiles, carros blindados, molotovs, enjuiciamientos, quemas, etc., sino teniendo gestos de reconocimiento recíprocos en nuestra dignidad común. A mi entender hay dos gestos fundamentales para cimentar esta confianza. Dos gestos que desde el Estado pueden allanar los caminos para que “la palabra” venza la violencia y sea camino de paz:

1. Recuperar la cancha: Es decir, poner energías en la restitución territorial. Urge concentrar el esfuerzo político y de estado en la restitución de las tierras despojadas. Se gasta tanta energía en buscar culpables de acciones de violencia, tantas energías en desmovilizar, en tratar de conservar un tipo de orden que es precisamente la causa del conflicto, cuando hay que invertirlas en una vía factible y dialogada de restitución. En la construcción de un nuevo tipo de orden donde este conflicto sea innecesario. Habrá que presionar políticamente a las empresas a “entregar” (vender) esas tierras. Esto implica mucha audacia, pues estas empresas tienen mucho poder, no solo económico, sino también político. Quizás volver a pensar en la expropiación, como último recurso, como se propuso en la “Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas”[1]. Esto sería una verdadera revolución democratizadora y civilizadora al estilo de la que se ha hecho en educación. A esto se suma una actitud de perdón. Saber decir-nos que la jodimos. Todos, Estado, empresas, sociedad civil. Reconocer errores, restituir la paz de la justicia en el reconocimiento recíproco y procurar la reconciliación.

2. Equiparar la cancha: Es decir, redefinir las políticas de fomento productivo en vista a un territorio con un paradigma diferente al del meramente económico y extractvisita. Necesitamos recuperar una mirada sobre “nuestra casa Común” como dice el Papa (Laudato sii). Una mirada que los pueblos originarios han estado luchando por sostener desde hace mucho tiempo. No basta con tener tierras si las oportunidades son desfavorables para poder vivir de lo que siempre han vivido las comunidades y que es parte de su identidad: el campo. Para que las familias y comunidades puedan elegir de verdad qué tipo de economía quieren tener, hay que hacer un esfuerzo de envergadura para ofrecer alternativas productivas factibles. Esto consiste en destinar los mismos recursos que se han puesto en el modelo forestal en un modelo agrícola sustentable sustentable más cercano a paradigma propio del Pueblo Mapuche expresado en el Buen Vivir (por ejemplo, DL 701 de fomento forestal del bosque nativo, más apoyo a la agricultura familiar campesina, entre otros). Si no se hace, las familias harán lo que muchas hacen cuando se les entrega tierra: las dejan descansar sin poder sembrar o las plantan con pinos y eucaliptus, reproduciendo el daño de las propias empresas forestales que el movimiento mapuche combate.

Estos pasos gigantes pueden hacer que podamos acercarnos y mirarnos con confianza. Pero implica una fortaleza interior enorme. Confiar es arriesgar. Es no saber el resultado. Se trata de confiar y esperar que el resultado sea satisfactorio para todos y no solo para mí. Es creer que sin el otro, por muy distinto que sea, no se puede construir una sociedad fraterna.

Desde una mirada verdaderamente cristiana necesitamos rescatar la confianza y la apertura al otro. Necesitamos que la paz anhelada se realice sobre la base de la justicia social y del cuidado de la casa común, siguiendo la invitación del Papa Francisco (Laudato Si). Tanto el Pueblo Mapuche como el Estado y también todos nosotros, como sociedad civil, deberemos hacer el esfuerzo por sacar de nuestra mente, discursos y prácticas, aquello que nos hace tratarnos como antagonistas y reaccionar desde la venganza. Es cierto que cuando uno ha sido herido se hace más difícil hablar de cercanía, confianza, reconciliación y paz. Sí, es muy difícil, pero ciertamente si caminamos desde los pasos de la reparación justa podremos hacerlo. Esto es difícil, pero no imposible. Lento, pero se consigue. En esto el mensaje cristiano es fundamental. Jesús tuvo dentro de “los doce” a radicales que querían quemar a los romanos (los zelotas) y a gente del imperio romano (Mateo el recaudador), también a pobres sin mucha idea política (los pescadores). Se hizo cercano de centuriones y pobres, fariseos del sistema y gente extranjera. Fue tentado de levantarse en armas (cuando querían hacerlo rey en Jn 6, 15), y no lo hizo. Fue tentado de sumarse al sistema (cuando echa los mercaderes del templo en Mc 11, 15), y no lo hizo. Decidió mirar a los demás no como enemigos, sino como hermanos, sin dejar de denunciar y anunciar. Fue un revolucionario, pero sin armas, sin pelos en la lengua, sin venganza, sin hipocresía o acomodación. La cruz fue su signo. Signo de que el perdón vence al odio, pero un perdón que repara y sana la injusticia, que no la niega ni disfraza.

[1] En el año 2001 y que contó con una muy plural e inclusiva participación de la sociedad civil y de los pueblos indígenas.

Carlos Bresciani SJ

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