Artículo publicado en Revista Aurora n.4, publicación de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina

El territorio mapuche lavkenche ( identidad territorial que designa a los mapuche de la costa) de Tirúa, donde vivimos, ha estado pasando por tiempos duros, pero también esperanzadores. Hasta ahora, en la comuna hemos tenido solo 4 casos de COVID19. Los cuales ya salieron de la enfermedad. Este número tan bajo es gracias a que tanto las organizaciones sociales como la Municipalidad se hayan puesto a trabajar por el cuidado de todos y todas. Son tiempos difíciles, pues esta pandemia, por un lado, está golpeando más fuerte a los más pobres y excluidos de la sociedad, y, por otro, está dejando al descubierto las grietas de un modelo depredador, que es el causante último de todo lo que estamos viviendo.

Como decía, sin embargo, también son tiempos esperanzadores: en medio del dolor y la muerte, van surgiendo convicciones, como la confirmación de que otro mundo es posible. Un mundo más sano, en el que las relaciones se sustenten en una ética de lo suficiente y no de ‘lo infinito que todo lo puede’. En esto la esperanza está puesta en volver a creer en procesos de sanación que involucren a la tierra, al ser humano y a todo lo viviente. Procesos como la soberanía alimentaria a escala comunitaria, el respeto por la Madre Tierra, la organización y las gobernanzas locales.

La crisis que vivimos a raíz de esta pandemia en el territorio Lavkenche no es noticia nueva, aunque otra cosa es con guitarra. Nos hemos visto enfrentados a la realidad de los vaticinios y anuncios que se nos venían haciendo desde diferentes voces: tanto de las autoridades espirituales como de la misma tierra.

Las machi del territorio -autoridades espirituales del pueblo mapuche, sanadoras y guías de la rogativa mapuche-, desde hace un buen rato venían anunciando tiempos duros. Pero ellas no solo hablaban de un mal dirigido solamente hacia el ser humano, sino que enfatizaban que todo lo viviente estaba en riesgo. Estos anuncios de las machis han sido acompañados por signos que la misma Madre Tierra nos ha venido entregando. Algunos de ellos han sido interpretados como augurios de enfermedad para el pueblo, como, por ejemplo, que este año, en el verano, se secó la quila –una especie de bambú-. Para los kimche (persona sabia) y machi esto es signo de que una desgracia o peste va a venir. En otros territorios mapuche estallaron algunos volcanes, lo que significa que hay un orden transgredido. Otros signos han sido gritos desgarradores de la Madre Tierra: se secan las aguas, se degradan los suelos, cambia el clima, no llueve, o llueve intensamente cuando no debería, etc. La machi, como persona espiritual y profundamente interrelacionada con las fuerzas espirituales de todo lo viviente, nos recuerda, en cada unos de sus ruegos, que no somos seres aislados, ni mucho menos la cúspide de todo lo viviente, sino parte de todo. Somos seres interrelacionados, o al menos se nos invita a vivir así.

Una vida profundamente conectada, interrelacionada, está en la sabiduría más profunda y primigenia de los Pueblos Originarios de Abyayala. Kimche, machi, lawentucheve (persona sabia en medicina natural), vütakeche (mayores), pu lonko (jefes) de las comunidades mapuche nos recuerdan que lo que vivimos hoy es fruto de la increencia. Esto es un problema de falta de fe. Sí, pero no de una fe abstracta, elevada, individual y desarraigada de la historia, sino de una fe que nos

hace confiar y experimentar que todo -y todos- estamos profundamente interrelacionados en una red vital. Una red de todo lo viviente, en la que no podemos vivir los unos sin los otros. No creer en esto nos ha llevado al borde del precipicio. Y sólo cuando nos vemos en la cornisa logramos caer en la cuenta de lo que es verdaderamente importante. De lo que está en juego en estos tiempos.

Justamente, esta pandemia no ha puesto al borde del acantilado, y miramos con vértigo lo que podría sucedernos. Comenzamos a mirar para atrás y vemos lo que no habíamos visto antes. Esta pandemia ha desnudado toda nuestra fragilidad, lo que somos y el modelo del cual algunos se sienten tan orgullosos. Ahora esos eufóricos del capital no aplauden. Y no sólo eso, sino que piden a gritos que el Estado intervenga. Que todos nos hagamos cargo de lo que ellos nunca quisieron compartir para que fuera de todos y todas.

Esta pandemia está dejando al descubierto lo que en Chile ya había quedado en evidencia luego del levantamiento social del 18 de octubre pasado. En esos meses del ahora tan lejano 2019, Chile despertó, y nos dimos cuenta de que el modelo no da para más. Que aquí está sufriendo el adulto mayor con pensiones indignas, los jóvenes con trabajos precarios, la salud pública con escuálidos medios, los Pueblos Originarios con la destrucción de sus territorios e identidades, las familias sobreendeudadas y con ingresos que no alcanzan para llegar a fin de mes. Un sistema basado en el consumo y la apropiación, la competencia y el individualismo, la codicia y el acaparamiento. Ese sistema centrado en el consumo está en crisis y seguimos por esa senda. Si pretendemos volver a esa normalidad, entonces, seguirá existiendo, especialmente en las comunidades indígenas, la devastación y la enfermedad. Este modelo no sólo destruye el medioambiente, sino las relaciones en todos los sentidos. Las enfermedades del territorio son fruto de esta depredación. Enfermedades del espíritu, de la mente y del cuerpo. La pandemia actual golpea más fuerte en este contexto.

Nos estamos dando cuenta que la prioridad no es el consumo, ni la propiedad privada, ni el negocio, sino que la vida y las relaciones que en ella tenemos. Por lo mismo, es que necesitamos de políticas fiscales que aseguren derechos, y ahora -más que nunca- el derecho a la vida. Así de fundamental. Sostener un modelo que pone la propiedad privada por sobre los derechos de las personas y el bien común, solo nos trae más enfermedad. Nos damos cuenta de que requerimos de un sistema de salud fuerte y no de dos sistemas de salud, uno para ricos y otros para pobres. Ahora (al momento de escribir estas líneas) no hay contagios en la comuna de Tirúa, pero si llegan, ciertamente va a golpear muy fuerte, ya que aquí solo se vive de la salud pública. Seguir sosteniendo un modelo económico y social basado en el consumo, nos llevará a consumirnos por completo. Ese modelo se agotó. No podemos volver a él.

Se suma a todo esto un territorio bien fragilizado por este modelo que ha depredado y maltratado la vida. Los monocultivos de eucaliptus y pino tienen degradas las tierras y secas las aguas, sin mencionar el conflicto social producido por la usurpación de la tierra para esa actividad económica. Los modelos agrícolas que se han propuesto los últimos 50 años han potenciado los agroquímicos, envenenando la ya pobre y escasa tierra de cultivo. Sin mencionar la incorporación de semillas, que además de concentrar y monopolizar el mercado, han ido excluyendo la rica diversidad de semillas tradicionales cultivadas, guardadas y consumidas por generaciones. Se suma a esta depredación un modelo que aplaude el esfuerzo individual por sobre el colectivo, desalentando formas de organización social de base.

Esta depredación es la causa ultima de la pandemia. Sí. Así de claro. Este modelo del consumo y la apropiación codiciosa produjo el COVID19. Sabemos que muchos de los virus han pasado de animales a seres humanos. Esto no es algo casual. Es producto de la muerte de los ecosistemas que han sostenido las diferentes formas de vidas en sus espacios naturales. La barrera natural, el antídoto más antiguo a esta pandemia, la hemos destruido, haciendo que las enfermedades salten con más facilidad a la vida humana.

La globalización económica ha ayudado a esto. “Mientras más abiertos, mejor para la economía”, dicen los sacerdotes del negocio. A esto se le suma que para consumir en los niveles de la sociedad moderna debemos tener una industria alimenticia que produzca grandes concentraciones de animales para carne o derivados. Es cosa de mirar los criaderos de cerdos o de aves. Aquí, un poco más al sur, las salmoneras han contaminado las aguas y enfermado a las personas. Comemos esos alimentos hiperproducidos, manufacturados, inyectados con químicos y hormonas, súper-manipulados. Este nivel y tipo de consumo nos hace dependientes, además, de una cadena productiva en la que unos pocos manejan el negocio y nos encandilan con sus promociones y con los beneficios de consumir lo que viene de afuera. Todo esto ha hecho que, por ejemplo, uno prefiera una verdura traída desde fuera que la que se produce localmente. O que se prefiera el arroz (de fuera) por sobre la quinoa (tradicional del territorio)… así, los ejemplos se multiplican.

Vivimos tiempos oscuros, pero también llenos de posibilidades o esperanzas. Ellas no nacen de los centros políticos y económicos, sino de los barrios, territorios y organizaciones locales. Aquí, en Tirúa, las comunidades mapuche han estado ejerciendo el control territorial de diversas formas para cuidarse de esta pandemia. Ejercicios que llevan años realizando, pero que históricamente, desde el Estado, sólo les han reportado persecución. Han liderado el cuidado y protección del territorio con barreras sanitarias autoconvocadas que, aunque ilegales para la autoridad central, han sido legítimas para los que vivimos aquí. Algunos de nosotros hemos estado participando de esas barreras que tiene al territorio bloqueado. Y han dado resultado. Hasta fines de mayo no ha habido ningún contagiado. En cambio, sí los ha habido en comunas vecinas. Esto nos ha hecho ajustar a todos y todas la movilidad, también el acceso a bienes y servicios, pero nos trae cierta tranquilidad, pues nos damos cuenta de que la salud y la vida son más importantes que algunas cosas materiales. En esto, la vida en el campo -y en especial en las comunidades mapuche- tienen mucho que enseñar a un mundo que gira en torno a un modelo que depreda todo y a todos. La gente suele decir que lo más importante es la salud. Es el primer gran valor. Nadie dice, primero el trabajo, ni tampoco primero la casa, ni siquiera el trabajo en el campo. Lo primero y más fundamental es tener “vida y salud”. Cada ruego que se eleva es por eso. Y tiene mucho sentido en los tiempos que estamos.

De a poco vamos tomando conciencia de la necesidad de consumir de lo que producimos aquí. Lo que antes era un discurso lejano, ahora se vuelve urgente. Necesitamos fortalecer las economías locales con circuitos productivos cortos, en los que podamos comprar o intercambiar. Ahora uno ve que aparecen en los estantes de las verdulerías puerros, acelgas y cilantro del territorio. Pero también vamos cayendo en la cuenta que quienes tenemos espacio para cultivar podemos mejorarlo para poder comer de lo que producimos de manera sustentable, sin tanta dependencia de lo que viene de fuera. Soberanía alimentaria se llama.

La invitación a vivir el Buen Vivir que nos enseña la sabiduría mapuche tiene más relevancia que nunca en estos tiempos de pandemia. Nos vamos dando cuenta que la vida se sostiene en una armonía de relaciones entre todo lo viviente. Relaciones justas, reconciliadas con Dios y las fuerzas espirituales, con la Madre Tierra, con los demás y con uno mismo.

Carlos Bresciani SJ

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